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La maternidad es lo más maravilloso que le puede ocurrir a una mujer que desee ser madre. Una etapa que comienza y durará de por vida. Se es madre desde la concepción hasta la eternidad. Con la maternidad nace también una nueva mujer que se encontrará con una realidad repleta de experiencias insólitas y desafíos diarios. Días de felicidad máxima y otros llenos de miedos, de dudas, de inseguridades, de incomprensión. Momentos donde las fuerzas flaquean. Y las noches interminables. Pero el instinto maternal se mantiene firme. No se rinde. Las madres caen. Lloran. Y se levantan. Y vuelta a empezar.

Con el nacimiento de un hijo, se crea también una familia. Comúnmente pensamos que estará formada por un papá y una mamá. O por dos papás, o dos mamás. O únicamente por una mamá o por un papá: las familias mono-ma(pa)rentales.

Estas mujeres y hombres enfrentan la ma(pa)eternidad en solitario. Todas esas dudas, complicaciones, noches sin dormir, inseguridades y miedos completamente solos. Os imagináis vivir esta situación? O la estás viviendo ahora mismo y crees que no hay luz al final del túnel?

Este post es para ti. Lo protagoniza una Madre de Bandera, quien, como muchas otras mamás y papás en el mundo, aúna todas sus fuerzas por garantizar el desarrollo y crianza de su bebé. Una mamá soltera, quien prefiere no revelar su identidad y nos abre su corazón con este relato escrito de su puño y letra:

Aún recuerdo esa mañana, nos acabábamos de despertar y me lo soltó así, sin compasión:

– No puedo seguir con esto. Hay otra persona.

Sentí náuseas, como cada mañana, estaba embarazada de 20 semanas. Pero esta vez no eran causadas por esto. Sino por lo que acababa de escuchar. La persona de la que estaba enamorada se iba. Me abandonaba, me dejaba sola, en el peor momento. 

En el momento que toda mujer necesita un apoyo, un compañero que la mime, que la cuide, yo me quedaba sola.

Me destrozó por completo. Ya no sentía. Rechacé mi barriga, la escondía (aunque todo el mundo sabía lo de mi embarazo.) Me daba vergüenza contar que me habían dejado. Me sentía la única culpable por haber llegado a esta situación. Lloraba y me hacía mucho daño machacándome psicológicamente. Y también físicamente ya que no tenía ganas de cuidarme. Mi autoestima no estaba baja: simplemente no existía.

Mi bebé seguía creciendo, cada ecografía que me hacían me ponía más triste. Yo no quería ser madre soltera. Y el momento se acercaba. Estaba aterrorizada. Sentía ansiedad y no podía dormir por las noches.

Y como todo en esta vida llega, pues también llegó ese día. Y nació A. Nació perfecto. Volví a llorar, pero era un llanto de felicidad y alivio. Pues todo había salido bien aún habiendo tenido un embarazo tan movido.

La maternidad en solitario es muy dura. 

El cansancio de los primeros meses, aguantar sin dormir…

Ponerte la careta de sonrisa para que nadie sienta lástima por ti. El hecho de no pedir ayuda me hacía creer que era fuerte. Pero cuando las visitas se iban, empezaba a llorar. Odiándome a mí misma por ser tan débil y juzgándome por todo. 

Pero los días pasan. Y aunque por dentro siga destrozada hay algo pequeño que depende de mí. Y sólo de mí. Y él se merece crecer en un ambiente feliz y psicológicamente sano. Y por él (y por mí también porque también me merezco ser feliz), pedí ayuda. Empecé a ir a terapia con una psicóloga perinatal estupenda y a compartir con otras madres mis dudas de madre primeriza, anécdotas, miedos… Aprendí que eso no me hacía parecer débil, al revés, me daba más seguridad en mí misma y transmitía a mi alrededor empoderamiento y fortaleza.

Pero no soy más fuerte que tú. Cuando no hay otra salida sigues para adelante. Y a veces hago las cosas llorando. Pero las hago. Y por muy baja que tengas la autoestima ver a tu hijo crecer te enorgullece.